sábado, 4 de agosto de 2012

El Caballito de Palo

Como todo niño, Antonio tenía sus sueños. Deseaba mucho tener un caballito de palo para jugar a viajar, de joven y de bandido, de hacendado.

Su familia, aun así, era muy pobre y su padre no tenía recursos para comprarle el juguete tan deseado. Y Tonino, sabiendo esto y siendo un niño muy comprensivo, no pedía nada. Sólo soñaba.

Por la noche, antes de dormir, siempre daba rienda suelta a la imaginación y hacía cuenta que estaba cabalgando un lindo caballo de madera.

El día de su cumpleaños, cuando cumplió ocho años, el padre le trajo de regalo una pequeña pelota de caucho. No era el caballito de palo con que él soñaba tanto, pero era una linda pelota colorida y él se quedó feliz, porque sabía cuanto representaba para el padre aquel sacrificio.

Cierto día, jugando con la pelota nueva en la calle, Tonino vio a un niño que miraba fijamente a la pelota colorida.

Lleno de compasión, pues tenía un corazón muy bueno, Tonino se aproximó al niño con la pelota en la mano. Los ojos del pequeño estaban brillantes cuando él dijo:

¡Que bonita pelota! Siempre soñé tener una igual a esa.

Llevado por un impulso generoso, Tonino le extendió las manos, diciendo:

Es tuya. Puedes llevartela.

El niño estaba sorprendido.

¿Tú me estás dando tú bonita pelota? – preguntó, aun no creo en tan gran felicidad.

Como Tonino lo confirmó, él se lo agradeció y, agarrando la pelota con las dos manos, se giro y salió corriendo y gritando de alegría.

Tonino sonrió también, contento. ¿Por qué no satisfacer el deseo del niño? Al final, él bien sabía lo que era desear una cosa y no poder tenerla.

Cuando el padre llegó del trabajo por la tarde, él le contó lo que hizo.

Hiciste muy bien, hijo mío, no debemos ser egoístas. Pero, ¿no sentirás falta de tú pelota?

No, papa, jugaré con otras cosas. Y más, ¿Jesús no enseñó que deberíamos hacer a los otros aquello que nos gustaría que los otros nos hicieran? Así, si yo estuviese en el lugar de aquel niño me gustaría tener una pelota, por eso decidí dársela a él. ¡Entonces estoy feliz!

El padre lo miró con admiración y habló, emocionado:

Jesús debe estar muy contento contigo, hijo mío, y te recompensará por eso, puedes estar seguro.

Dos días después, volviendo para casa después de las clases, Tonino entró en su cuarto para guardar el material y cambiarse de ropa, cuando tuvo una gran sorpresa.

Bien en el centro de la habitación, entre otros juguetes, ¡estaba el más bonito caballo de madera que Tonino jamás viera!

Lleno de espanto, se aproximó a él acariciándolo tiernamente, temiendo verlo desaparecer.

El padre entraba en el cuarto en ese momento y él se giró, preguntando con la mirada ansioso lo que significaba “aquello”.          

Mi patrona te mandó estos juguetes. Eran del hijo de ella, pero él está muy crecido y no juega más. Entonces, decidió dártelos a ti. ¿Te gusta?

¿Si me gusta? ¡Es la cosa más bonita que ya vi en mi vida, papá! – dijo Tonino, abrazando al caballito por el cuello y besando la crin de la barba.

Después se levantó y, secándose las lágrimas con las palmas de las manos, afirmó:

¡Creo que Jesús debe haber realmente quedado contento conmigo, papá, para mandarme este regalo!


Tía Celia.

Traducción: ISABEL PORRAS GONZÁLES - isy@divulgacion.org

Fuente: El Consolador - Revista Semanal de Divulgación Espírita.
Autora: Célia Xavier Camargo.


Las historias relacionadas aquí fueron retiradas, en su mayoría, del periódico Seara Espírita, de responsabilidad del Grupo Espírita Seara do Mestre, publicación mensual, actualmente con 50.000 ejemplares, y otras fueron creadas por evangelizadores para sus clases de evangelización.  Fuente: http://www.searadomestre.com.br/


Click aquí para escuchar el audio de esta historia:

El Ladrón de Bananas




Dejando la selva donde vivía, un macaquito se aventuró por otros lugares. Estaba hambriento.

Los hombres destruyeron la selva, y el suelo quedó árido, seco, sin vegetación. Derrumbaron los árboles, después colocaron los enormes troncos en camiones que, resonando mucho, los llevaron para lejos; el resto fue quemado.

Y el macaquito así como los otros animales y aves, fueron obligados a abandonar sus refugios, procurando un lugar donde se pudieran recoger.

Pronto encontró un sitio bonito con grandes árboles. En medio de un césped, había una casa simpática, rodeada de flores. Un hombre salió de casa y, acompañado por un perro, fue a trabajar con la creación. El dio comida hablando con los animales: gallinas, patos, cerdos y caballos; después cogió leche de la vaca. Para cada uno tenía una palabra amable. 

El macaquito decidió que iba a vivir allí.

Teniendo coraje, se aproximó con cuidado. El perro, sintiendo su presencia, se puso a buscar y fue en su rastro ladrando feroz.

A los gruñidos, asustado, rápidamente el macaquito subió a un árbol y se quedó escondido en medio del follaje.

¿Qué pasa, Pingo? ¿Viste alguna cosa? – preguntó el dueño al perro.

Debajo del árbol, el perro continuaba ladrando sin parar, mirando para lo alto. Aproximándose el dueño miró para arriba y vio al macaquito que se estremecía de susto.

Eh, es sólo un macaco, Pingo. Déjalo en paz.

En unos días el hombre vio al macaquito que se aproximaba cada vez más. Una mañana, al despertar, encontró al animalito buscando restos de comida en el terreno.

Lleno de compasión, cogió unas bananas y las dejó sobre el muro de la cerca.

Arisco, el animalito sólo se aproximó después que el hombre entró en la casa.

De ese día en adelante, todas las mañanas el hombre dejaba algunas bananas para el nuevo amigo. Le puso el nombre de Miquito.

Él se habituó a tener la presencia del animal cerca cuando estaba trabajando.

En medio de su plantación, él tenía algunas bananeras. Hombre bueno, pero severo, él le avisó:

Miquito, yo no admito que robes mis árboles de bananas. ¿Entendiste?

El macaco lo miró y dio un grito estridente, como si hubiese entendido.

A pesar de esa recomendación, el hombre comenzó a percibir que alguien estaba revolviendo sus bananeras. De vez en cuando, una rama desaparecía.

¿Eres tú quien está robando mis bananas, Miquito?

Con sus ojos de persona, pequeños y abiertos, el macaco miraba para el amigo y balanceaba la cabeza negativamente.

Con dudas, el hombre se calló, pero no sabía qué pensar. ¿Quién más podría estar robando sus bananas?

Cierta noche cayó una gran tempestad. El viento fuerte agitaba los árboles, mientras rayos y truenos cortaban el aire. Los animales estaban muy agitados, temerosos. En la cerca nadie durmió.

A la mañana siguiente, cuando el dueño despertó, vio el destrozo que el temporal hizo. Los árboles habían sido arrancados, el depósito se quedó sin tejado, y en el terreno estaba todo fuera de lugar.

Cogiendo su vieja camioneta, decidió ir a la ciudad a buscar material para hacer los arreglos.

Había recorrido algunos centenares de metros, cuando vio a Miquito que, al lado del camino, lo acompañaba saltando de árbol en árbol. El animalito gritaba alto, desesperado, como si quisiera hablar con él.

El hombre paró el vehículo y descendió.

¿Qué esta pasando, Miquito? ¿Por que ese alboroto?

Pero el macaquito continuaba gruñendo, mirando y apuntando para el camino. Después cogió la mano del dueño y la empujo, como si quisiera que él lo acompañase.

Curioso, el hombre lo acompañó y, después de una curva, con sorpresa vio el destrozo que la lluvia hizo: ¡el puente fue completamente destruido!

El río, agitado mostraba una gran corriente por las fuertes lluvias que cayeron en la región.

Él cogió a Miquito en el pecho, abrazándolo:

Si no hubiera sido por ti, amigo mío, a esta hora habría caído al río. Gracias.

Volviendo al terreno, el dueño fue a hacer una visita en las plantaciones, para verificar los destrozos. En eso encontró a un joven que salía de un pequeño lugar que hiciera para guardar herramientas.

¿Qué estás haciendo en mí propiedad? ¿Y por qué estás con esa rama de bananas en los brazos? – preguntó serio.

Muy avergonzado, el joven explicó:

Vivo aquí cerca y estamos pasando necesidades. Entonces, cuando no tenemos nada para comer, vengo aquí y cojo una rama. Ayer fui sorprendido por la lluvia y el viento, siendo obligado a resguardarme aquí. Acabé durmiéndome y sólo desperté ahora. El señor me perdone, pero no soy un ladrón.

Condolido de la situación del joven, pensó: - ¿Y si fuese yo el que estuviese pasando hambre y necesitara robar para comer?

Se acordó de Jesús cuando afirmó que debemos hacer a los otros todo lo que nos gustaría que los otros nos hicieran.

El hombre procuró saber dónde vivía él y, después, lo dejo ir llevando la rama de bananas. Enseguida se volvió para el macaco, y dijo:

¡Y yo pensé que fueses tú el ladrón de bananas! Fui injusto y me arrepiento. ¿Tú me perdonas, amigo?

Miquito, gritando feliz, saltó al pecho de él, despeinándole los cabellos.

Más tarde, el hombre fue hasta la casa del joven y, confirmando la situación de miseria en que él vivía con la madre y dos hermanos menores, propuso:

Estoy necesitando de un ayudante en el terreno. ¿Quieres trabajar conmigo?

El muchacho sonrió, agradecido a Dios por la ayuda que les había mandado.

Y el hombre, ahora con la conciencia tranquila, volvió para el terreno con su amigo Miquito, seguro de que Jesús estaba contento con él.


Tía Celia.

Traducción: ISABEL PORRAS GONZÁLES - isy@divulgacion.org

Fuente: El Consolador - Revista Semanal de Divulgación Espírita.
Autora: Célia Xavier Camargo.


Las historias relacionadas aquí fueron retiradas, en su mayoría, del periódico Seara Espírita, de responsabilidad del Grupo Espírita Seara do Mestre, publicación mensual, actualmente con 50.000 ejemplares, y otras fueron creadas por evangelizadores para sus clases de evangelización.  Fuente: http://www.searadomestre.com.br/

click aquí para escuchar el audio de esta historia:

La Experiencia de La Raposa



Cierta vez una raposa de lindo rabo peludo y de una elegante nariz puntiaguda, aprovechando la noche que había llegado despacito, entró en un gallinero.

Se hizo un gran tumulto. Las aves corrían asustadas, chocando unas con las otras y cacareando de miedo.

Satisfecha con la confusión que se estableció entre las gallinas, la raposa corría de un lado para otro, arrancándoles las plumas y divirtiéndose mucho. Hasta que notó que una gallina continuaba en el mismo lugar. Paró el juego y se aproximó, curiosa.

La gallina, con las alas abiertas, estremecida, protegía su nido donde siete pollitos, acababan de salir de la cáscara del huevo, piando. Al ver que la raposa se acercaba, temblando de pavor, la pobre madre suplicó:

Por favor, doña Raposa, no destruya mi familia que amo tanto. Si quiere puede comerme a mí, pero no maté a mis hijitos y Dios la recompensará por su generosidad. ¡Ellos nada le hicieron! Son pobres criaturas indefensas. ¡Tenga piedad!

Oyendo la suplica de la madrecita afligida, la pequeña raposa se apenó y se fue del gallinero, para gran sorpresa de las aves que respiraron aliviadas.

Algún tiempo después, la raposa, ya crecida fue bendecida con dos lindas rapositas, que eran su mayor tesoro.

Cierto día notó, en las inmediaciones de su refugio, un perro adiestrado en la caza de las raposas, y procuró proteger a sus hijitos de la mejor manera posible.

Sin embargo el perro, que poseía un olfato muy delicado, encontró el escondrijo. Impidiendo que ellas huyeran, mostrando los dientes, gruñendo de la mejor manera posible. 

En ese instante la raposa se acordó de la vez en que entró en el gallinero y de las palabras de la gallina.

Estremeciéndose de miedo ella tartamudeó:

¿Tú tienes hijos?

Sorprendido, el perro paró y respondió:

Tengo.

Sintiendo valor, la raposa continuó:

Entonces sabe lo que estoy sintiendo. Por piedad no mates a mis hijas que son todo lo que tengo. ¿Y si esto estuviese ocurriendo con tu familia? Perdónanos y Dios te recompensará por tu generosidad.

El valiente perro de caza pensó… pensó… y pensó que la raposa tenía razón. Lleno de piedad, se fue sin molestarlas.

La raposa abrazó a las hijas con amor, agradeciendo a Dios la ayuda y reconociendo el valor de la lección que manda a hacer al prójimo aquello que queremos que los otros nos hagan.

Como en aquel día en que ella había ayudado a una pobre gallina desesperada que suplicaba por la vida de sus pollitos, ahora a su vez, en un momento de peligro, había recibido la misma ayuda de un perro de caza, que se apiadó de su situación de madre, que defendía a sus hijitos.

Tía Celia.

Traducción: ISABEL PORRAS GONZÁLES - isy@divulgacion.org
Fuente: El Consolador - Revista Semanal de Divulgación Espírita.
Autora: Célia Xavier Camargo.



Las historias relacionadas aquí fueron retiradas, en su mayoría, del periódico Seara Espírita, de responsabilidad del Grupo Espírita Seara do Mestre, publicación mensual, actualmente con 50.000 ejemplares, y otras fueron creadas por evangelizadores para sus clases de evangelización.  Fuente: http://www.searadomestre.com.br/

Click aquí para escuchar el audio de esta historia:


La Oruga Filomena




En un jardín muy bonito y florido, vivía una oruga que se llamaba Filomena.

A ella le gustaba pasear por las plantas y alimentarse de hojas verdes.

Cierto día, durante un paseo, encontró una hormiguita con la pata herida. Compadecida, hizo una cura en la pata de la hormiga y la ayudó a volver para su casa, el hormiguero.

Tinina, la hormiga, quedó muy agradecida.

Algunos días después, Filomena salió a dar una vuelta. Anduvo… anduvo… anduvo… y cuando quiso volver para casa, no lo consiguió: estaba perdida.             

Sin notarlo, Filomena había salido del jardín y ahora no sabía qué hacer. Para empeorar su situación, cayó de una gran piedra resbaladiza y quedó extendida en el suelo, con las patitas para arriba, sin conseguir levantarse.

Filomena quedó muchas horas al sol caliente, sin agua y sin alimento. Comenzó a sentirse enferma y débil, incapaz de andar.

El lugar era árido. Sólo tenía arena y piedras, y nadie aparecía para socorrerla.

Las horas fueron pasando y ella fue quedándose cada vez más preocupada.

Ya hacía un día entero que Filomena estaba estirada en el suelo, cuando oyó un ruido. Decidió gritar socorro.

Tinita estaba cerca y escuchó gemidos:

¡Ay, ui, ay! ¡Socorro!...

La hormiga se aproximó al lugar de donde partía la voz y cual no fue su sorpresa cuando vio a la oruga:

¡Doña Filomena! ¿Qué ocurrió?

La pobre oruga, reconociendo a la hormiguita que ayudó, le habló conmovida:

¡Ah, Tinita! ¡Fue Dios quien la mandó! Estoy aquí hace horas sin nadie para que me socorra.

¡La hormiga deseaba hacer alguna cosa para ayudar, pero era tan flaquita!

Tuvo una idea. Fue hasta el hormiguero a llamar a sus hermanas. Así, trajeron una bonita hoja verde y tierna para que Doña Filomena comiera y agua para matarle la sed. Después, las hormigas curaron sus heridas.

Cuando la oruga ya estaba mejor, la llevaron para la casa.

Doña Filomena dijo:

Ni sé cómo agradecer el auxilio de ustedes, principalmente de Tinita, que fue tan buena conmigo.

No necesitas agradecernos, Doña Filomena. Sólo hice mi obligación, retribuyendo el bien que la señora me hizo.

Y, desde ese día en adelante, se volvieron grandes amigas.

Así también ocurre en nuestras vidas. Todo el bien que hiciéramos revertirá en nuestro propio beneficio. Cada uno de nosotros cogerá exactamente aquello que hubiera plantado.

Por eso Jesús, sabiamente, enseñó que debemos hacer a los otros lo que queremos que los otros nos hagan.


Tía Celia.

Traducción: ISABEL PORRAS GONZÁLES - isy@divulgacion.org

Fuente: El Consolador - Revista Semanal de Divulgación Espírita.
Autora: Célia Xavier Camargo.


Las historias relacionadas aquí fueron retiradas, en su mayoría, del periódico Seara Espírita, de responsabilidad del Grupo Espírita Seara do Mestre, publicación mensual, actualmente con 50.000 ejemplares, y otras fueron creadas por evangelizadores para sus clases de evangelización.  Fuente: http://www.searadomestre.com.br/


Click aquí para escuchar el audio de esta historia:

La Mentira




Aunque no fuese rica, Clarinha era una niña a quien nada le faltaba. Vivía en una casa confortable, tenía una familia amorosa y, todo lo que deseaba, en la medida de lo posible, su padre le compraba.

Pero Clarinha tenía un gran problema: la mentira.

Mentía a todo instante, para cualquier persona y en cualquier ocasión. De tanto mentir, Clarinha no conseguía parar más. La mentira se volvía un hábito en su vida y cuando menos se esperaba, allá estaba ella inventando cosas.

En verdad, ella sentía verdadero placer en eso y sus ojos brillaban de satisfacción al inventar una historia.

Cierto día, Clarinha estaba en la escuela cuando un vecino vino a preguntar si ella sabía del paradero de sus padres.

Más que deprisa ella colocó la cabecita imaginativa para funcionar:

¡Ah! ¡Sí sé! Papá y mamá fueron a visitar a mi tío Joâo que está enfermo. ¿Sabe? Él está con un problema terrible en el estómago y...

¿Y dónde vive tú tío Joâo?

Vive en la ciudad aquí cerca. No sé la dirección, pero es proximo al supermercado.

El amigo de su padre le dio las gracias y salió rápidamente, afligido.

Cuando Clarinha salió de la escuela, después de las clases, fue para casa jugando por el camino, cogiendo flores y parando para ver los escaparates de las tiendas de juguetes.

Llegando cerca de su casa, notó un movimiento incomún. Una gruesa cortina de humo cubría todo y los vecinos intentaban apagar el fuego inútilmente.

Vio a sus padres sudando y cansados, que hacían esfuerzos para retirar sus pertenencias del interior de la casa en llamas. Con los ojos abiertos de espanto, Clarinha preguntó:

¿Qué ocurrió, papá?...   

Volviéndose para ella, él respondió con severidad:

Corrió, hija mía, que tú madre olvidó el cable eléctrico conectado y la casa pegó fuego. Nuestros vecinos notaron que algo extraño estaba ocurriendo por el olor a quemado que se esparcía alrededor, y no sabiendo donde encontrarnos, te preguntaron a ti.

Clarinha, muy roja, bajó la cabeza avergonzada.

Entonces, ¿fuímos a visitar a tu tío Joâo que está enfermo?

Tartamureando, Clarinha procuró disculparse:

Pa... papá, disculpa. ¡No pensé que fuese a causar ningún problema!

¿“Algún problema”? Hija mía, ¿tú te das cuenta lo que pasó con tu mentira? ¡Casi perdemos todo! Bastaría que hubiéses dicho la verdad, esto es, que fuímos a un lugar, cerca de la ciudad, para que gran parte del problema fuese evitado. Aunque deseosos de ayudar, nuestros amigos no consiguieron abrir la puerta, que estaba cerrada. Si nos hubiésen encontrado antes, nada de eso habría ocurrido.

¡Estoy tan avergonzada!...

Espero que esto te sirva de lección, hija mía. Gracias a Dios, perdimos sólo bienes materiales. Nuestra familia nada sufrió – completó con un suspiro de alivio.

Con los ojos llenos de lágrimas, Clarinha prometió:

Voy a intentar corregirme, papá. Nunca más diré una mentira. De aquí en adelante quiero decir sólo la verdad.


Tía Celia.

Traducción: ISABEL PORRAS GONZÁLES - isy@divulgacion.org

Fuente: El Consolador - Revista Semanal de Divulgación Espírita.
Autora: Célia Xavier Camargo.


Las historias relacionadas aquí fueron retiradas, en su mayoría, del periódico Seara Espírita, de responsabilidad del Grupo Espírita Seara do Mestre, publicación mensual, actualmente con 50.000 ejemplares, y otras fueron creadas por evangelizadores para sus clases de evangelización.  Fuente: http://www.searadomestre.com.br/


Click aquí para escuchar el audio de esta historia:

La Reencarnación de Teka




Teka es una niña que, con ocho años de edad, sufrió un accidente de carro y desencarnó. ¿Que pasa con quién desencarna? Muere el cuerpo físico y el Espíritu continua vivo y va al Mundo Espiritual.

Cuando Teka llego al Plano Espiritual, fue recibida por Espíritus amigos, algunos inclusive que ella conocía, como la vecina Tiana y el marido de ella Paul, que habían desencarnado antes que ella.

La niña también encontró al abuelo de Zezé, y a Doña Meri.  Luego pregunto si continuaba haciendo caminatas, a lo que ella respondió que si. Al día siguiente, Teka pudo caminar con ella y conocer varios lugares diferentes de aquella Colonia Espiritual. ¿Que es una Colonia Espiritual? Es un lugar donde las personas viven, estudian, trabajan, en cuanto están en el Mundo de los Espíritus.

En la Colonia Espiritual, Teka estudiaba, jugaba con otros niños (también Espíritus desencarnados), ayudaba en algunas actividades que su edad permitía, frecuentaba las clases de Evangelización Espírita, como ella hacia antes de su desencarnación, por ahora, con otra evangelizadora y otros amiguitos.

Cierto día, Doña Meri llamo a Teka para una conversación: ella pregunto si le gustaría volver a vivir en el Planeta Tierra. La niña, muy contenta, respondió que si, pues adoraba jugar con Tiago, su hermano, y que sentía mucha falta de él y de sus papás. La abuela de Zezé le explico que cuando Teka volviese a la Tierra, ella reencarnaría en un bebecito y olvidaría quienes fueron sus padres y su hermano en la última reencarnación. Ella tendría otra familia, y viviría en otra ciudad, olvidándose temporalmente de todo lo que vivió como Teka. Doña Meri dijo también que, Teka es un Espíritu y que va a tener un nuevo cuerpo, un cuerpo de bebé para continuar aprendiendo a ser una persona honesta, generosa, que perdona a los otros y hace la caridad. 

¿Porque olvidamos las reencarnaciones anteriores? Para auxiliar nuestro conocimiento y para no quedarnos con vergüenza de los errores que ya cometimos y no tener orgullo de lo que hacemos bien, pues eso podría entorpecer las nuevas lecciones que tenemos para aprender.

Teka, se quedo un poco triste, pero comprendió que reencarnar era una excelente oportunidad, y comenzó a prepararse: no perdía una sola clase de Evangelización, pues allá ella aprendía sobre la importancia de la familia, de los amigos y también sobre reencarnación. 

¿Porque necesitamos reencarnar? Reencarnamos para continuar evolucionando, para aprender a amar, a perdonar, a ser generosos, a decir la verdad, a amar y respetar a la naturaleza, a los animales y a las personas.

Así, pasado algún tiempo, Teka estaba lista para reencarnar. Ella conoció, a un amigo especial, que la acompañaría por toda la reencarnación. El iría a ayudarla en la reencarnación, inspirándole buenos pensamientos y sentimientos. ¿Alguien sabe quién es ese amigo? El Espíritu Protector, el Ángel de la Guarda. El siempre nos intuye para el bien y podemos pedir su ayuda a través de una oración.

Después de algún tiempo, en la Tierra, Doña Marta supo que estaba esperando un bebe. Rafaela, la hija de ella, se quedo también muy feliz, pues iba a tener un hermanito o una hermanita.

El día esperado finalmente llego: nació un lindo niño que recibió el nombre de Ian. El era calvito y lloroncito, pero ya era muy amado por su familia. El papá de Ian cargo al niño en sus brazos así que cuando él nació lo abrazaron con mucho amor.

Y fue así que Ian fue recibido en la Tierra, lugar donde él iba a vivir por muchos años, aprendiendo cosas importantes para su evolución espiritual. Un día él va a desencarnar nuevamente y retornara al Mundo Espiritual, llevando todas las actitudes y pensamientos de esta vida. Y cuando vuelva a ser Espíritu desencarnado, él va a recordar que ya había reencarnado como Teka.

Claudia Schmidt y Cleusa Lupatini



Las historias relacionadas aquí fueron retiradas, en su mayoría, del periódico Seara Espírita, de responsabilidad del Grupo Espírita Seara do Mestre, publicación mensual, actualmente con 50.000 ejemplares, y otras fueron creadas por evangelizadores para sus clases de evangelización.  Fuente: http://www.searadomestre.com.br/


Click aquí para escuchar el audio de esta historia:

Espíritu Navideño




Estaban en el mes de diciembre. Los últimos días de aulas traían alegría a los alumnos porque representaban la llegada de las vacaciones, las fiestas de final de año, viajes y diversiones. Pero también traían cierta tristeza, pues la convivencia diaria con los colegas a que estaba acostumbrado y que les daba tanto placer, dejarían de existir.

Al cierre del año de actividades, al despedirse de sus alumnos, la profesora habló sobre la Navidad, explicando la importancia de la venida de Jesús al mundo, y concluyo diciendo:

Nunca os olvidéis que el espíritu navideño representa, sobre todo, repartir lo que tenemos con el prójimo, incluso aunque sea poco. Eso es lo que el Maestro espera de nosotros: que podamos obrar como verdaderos hermanos.     

Nico se quedo con aquellas palabras en la cabeza.

¿Qué tendría él para repartir con alguien? No era rico. Al contrario, era de familia bien pobre. Las ropas y calzados que usaba le eran necesarios. El no tenía juguetes. Se acordó de los libros escolares que ya no le servirían más. Sí, podría donarlos a algún niño pobre.

Sonrió con esa idea. Encontró algo para repartir.

Íntimamente, sin embargo, no se sentía satisfecho. Dando los libros escolares a alguien, no estaría repartiendo nada, ¡y solo daría algo que no le haría falta! En aquel gesto suyo estaba faltando alguna cosa...

Algunos días después, ya bien próximos a la Navidad, fue a visitar a su abuelo y le regalo una moneda. ¡Una bonita moneda!

¿Que haría con ella? ¡Ya se! voy a comprar aquel perrito caliente que siempre soñé comer y que nunca pude.

Nico salió corriendo rumbo a “aquella” barraquita de perritos calientes que el tan bien conocía de tanto oír a las personas elogiarla.

Pidió el sándwich y, lleno de ansiedad, ya con el agua en la boca, mal podía esperar que estuviera listo. Aumento el maíz y todo a lo que tenía derecho, y se acomodo en el bordillo para apreciarlo debidamente.

Satisfecho, respiró hondo y abrió bien la boca para dar el primer bocado. En ese instante, vio a su lado, también sentado en el bordillo, a un negrito sucio y harapiento, cuyos ojos hambrientos no se despegaban de su sándwich.

Nico, al principio, intentó no dar atención al niño. Pero aquellos ojos de mendigo lo incomodaban.

En aquel momento, se acordó de las palabras de la profesora el último día de aula, y entendió finalmente lo que ella quería decir.

Se levanto y, poco después volvió con el perrito caliente dividido por el medio. Entregó una parte para el niño, que se lo agradeció con una enorme sonrisa, y el se quedó con la otra.

Y juntos, lado a lado, saborearon el delicioso sándwich.

Jamás Nico había experimentado tal sensación de bienestar y de felicidad. La gratitud del niño de la calle tenía para el un sentido tan especial.

Finalmente entendió lo que era el espíritu navideño. El consiguió renunciar, dividiendo algo que deseaba mucho. Repartió el pan con alguien aún mas necesitado que el, y tenía seguridad de que Jesús aprobaba su gesto. ¡Ni sabía el nombre del negrito! ¿Pero qué importancia tenía eso?

Se volvió para el niño que lo miraba con ojos brillantes y llenos de alegría. Sonrieron. Había ganado un nuevo amigo.

¡Feliz Navidad!,exclamó satisfecho.

¡Feliz Navidad!,repitió el niño.

Y se abrazaron contentos.

FIN.


Tía Celia.

Traducción: ISABEL PORRAS GONZÁLES - isy@divulgacion.org

Fuente: El Consolador - Revista Semanal de Divulgación Espírita.
Autora: Célia Xavier Camargo.


Las historias relacionadas aquí fueron retiradas, en su mayoría, del periódico Seara Espírita, de responsabilidad del Grupo Espírita Seara do Mestre, publicación mensual, actualmente con 50.000 ejemplares, y otras fueron creadas por evangelizadores para sus clases de evangelización.  Fuente: http://www.searadomestre.com.br/

Click aquí para escuchar el audio de esta historia: